Una noche para Arshavin Imprimir
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Martes, 09 de Marzo de 2010 08:56

Lo suele cantar el Emirates con profundo orgullo. “We’ve got Cesc Fabregas, we’ve got Cesc Fabregas…” vocean los gunners a pleno pulmón, adoptando la melodía de La donna è mobile, el aria de la ópera Rigoletto de Verdi. No lo podrá cantar la grada esta noche, sin embargo, cuando asome el Oporto dispuesto a defender ante el Arsenal el dos a uno del partido de ida, en la vuelta de los octavos de final de la Champions League. No lo podrá cantar la hinchada londinense porque Cesc, que no sólo es el capitán (el “espíritu” en palabras de Almunia), el máximo goleador (17 en 31 partidos este curso) y el máximo asistente (16) de su equipo, sino ése al que darle la pelota cuando nadie la quiere, será baja, doblegado por los ligamentos de su rodilla.

Pierde la referencia habitual y absoluta el cuadro de Wenger ante un Oporto que es de los que siempre compite con el puñal a mano. Sin Cesc y sin Van Persie en un envite crucial. Con el problema en el ariete, sin nivel, y con las dudas en la portería. Y sin Gallas en la zaga. ¿Demasiado para el Arsenal? Quizá. Pero es hora de los secundarios, que deben dar un paso al frente (Denilson, Nasri, Rosicky…) y es hora, en especial, del pequeño ruso tan indomable como el pelo que se ha rapado a cepillo, que no cesó de insistir el pasado año hasta escapar del fútbol de su país. Y si tanto insistió, sin con tantos se enfrentó Andréi Arshavin, fue por poder protagonizar noches como ésta, a vida o muerte en la máxima competición europea, con todos los focos del fútbol de occidente pendientes de él.

Desfilen las objeciones: la irregularidad, el individualismo, el temperamento. Nada de eso importó para liderar el camino y el triunfo del Zenit de San Petersburgo en la Copa de la UEFA, como no había importado antes para golear de adolescente, para hacer campeón de Rusia al Zenit tras décadas de sequía. Nada de eso importó tampoco en aquella noche mágica en el St Jakob Park de Basilea, la de cuartos ante Holanda en la pasada Eurocopa, en la que firmó una actuación individual reservada a los verdaderamente elegidos, comparable con pocas en los últimos quince años.

En esa prórroga agónica de pura emoción definió todas sus virtudes. La velocidad, la conducción, el golpeo seco, el talento desbordante. Partiendo desde la izquierda, o barriendo todo el frente de ataque, igual de astuto en espacios cortos que letal a la contra panorámica. Arshavin jugó unos minutos el sábado ante el Burnley, de vuelta tras una lesión que le descarta para jugar el partido entero, pero no para vestirse de corto y sentarse en el banquillo, aguardando los minutos calientes. Marcó el ruso en su regreso, en tiempo añadido, ya con Cesc fuera, y lo celebró con gesto ceremonial y serio, que mutó de golpe en sonrisa misteriosa y repentina. Se acordó, seguro, de la oportunidad de gloria de esta noche. La que debería ser, por fin en la Champions, la suya, en una batalla que se presume apasionante.

foto: arsenal.com

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